¡Trágame tierra!

¡Trágame tierra!

Read-the-english-version-hereEn mi vida he pasado muchos momentos muy embarazosos, y hace dos domingos me sucedió algo que me recordó a uno de los peores en mi vida. Fue hace algunos años. Estaba en el área de Cuautepec, Ciudad de México, sirviendo como misionero de mi iglesia (La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días) me llamaron por teléfono para que yo llevara a los misioneros que yo tenía a mi cargo a una reunión muy especial. Sólo nos pidieron ir a cantar el himno (cántico religioso) Llamados a servir en lo que antes era la escuela Benemérito de las Américas. Unos minutos más tarde, llegamos a la escuela sumando unos veinte misioneros aproximadamente. La reunión era para jóvenes que estaban planeando servir una misión. Había obispos, presidentes de estaca (líderes responsables sobre varios obispos), y una o dos autoridades de área.

Yo siendo ex-alumno de la escuela, no pude sino sentir una mezcla de alegría y nostalgia. ¡Era mi querida escuela! Caminé con mis misioneros viendo las bellas áreas verdes, el comedor que visitaba tres veces al día, algunas aulas y recordé viejos maestros, compañeros, mis amigos más cercanos y algunas personas significativas de mi adolescencia.

Al llegar al punto de encuentro para cantar, una persona nos dio instrucciones. “Élderes (misioneros) gracias por venir. La reunión se está llevando a cabo ahí adentro, cuando yo les de la señal voy a abrir las puertas, todos ustedes deberán entrar en fila cantando con mucho ánimo el himno llamados a servir. Y mientras siguen cantando se pondrán al frente de la audiencia y terminado el himno podrán salir y regresar a sus áreas a continuar con su trabajo. Sólo estarán para el himno. ¿Tienen preguntas?”

“No” respondimos varios. Todo estaba claro. Esperamos varios minutos afuera del edificio para poder entrar a cantar. Pero confieso que dentro de mí tenía deseos de caminar por mi vieja escuela. Miré a mi alrededor para ver si de pura suerte podría ver algún rostro conocido. Y efectivamente, qué sorpresa ver pasar a unos cuantos metros a mi maestro de la orquesta (en mi tiempo de alumno había aprendido a tocar algo de violín, hoy ya no lo toco). Mi maestro Manuel Othón.

Tomé a un compañero misionero conmigo y avancé hacia mi maestro quien también me reconoció; con su gran entusiasmo y sonrisa alegre de siempre me saludó “¿Quihúbole, mano ¿cómo has estado?” y entonces vio que ya estaba sirviendo como misionero. Platicamos avivadamente por unos breves minutos de lo que habíamos hecho y de viejos compañeros hasta que fuimos interrumpidos por un misionero “Élder Rosas, élder Rosas, ya vamos a entrar”.

E.-Rosas-P.-Galindo-E

Esta foto fue tomada por esos meses de mi experiencia embarazosa. De izquierda a derecha, mi compañero élder Peterson, el presidente Arturo Galindo y su esposa, la hermana Galindo (él fue uno de mis dos presidentes de misión), y yo.

Rápidamente me despedí de mi maestro y corrimos hacia la fila donde estaban los demás misioneros, yo era el cuarto o quinto de la fila. Las puertas se abrieron y adentro se percibía un silencio solemne. Al fondo y frente a la audiencia los líderes sentados calladamente. A la derecha del pasillo por donde estábamos entrando, una multitud de jóvenes de entre 17 y 19 años vistiendo camisas blancas y corbatas. Muchos con miradas curiosas al vernos entrar, pero todos callados.

Recordando las instrucciones que nos habían dado ya deberíamos de haber entrado cantando. Los primeros dos o tres misioneros que entraron parecían demasiado tímidos para eso. “¿Por qué no están cantando?” me pregunté. El misionero que estaba enfrente de mí era un estadounidense callado con muy poco tiempo en México que apenas podía hablar algunas palabras en español. Me frustré un poco porque no estaban haciendo lo que tenían que hacer y yo como líder por lo tanto tenía que hacer algo. Así que le susurré al misionero delante de mí, “Élder a la cuenta de tres hay que empezar a cantar”. Así ya todos empezarían a cantar también.

“Uno… dos… ¡tres!” Y con gran vehemencia, volumen, entusiasmo y alegría canté: “Somos hoy llamados al servicio”. Fue en la segunda palabra que me percaté que estaba cantando solo, a la tercera esperaba que cantaran los demás pero terminando la segunda palabra era absolutamente evidente que nadie más cantaría conmigo. Y con tal ímpetu en mi canto decidí terminar por lo menos la frase agregando las últimas tres palabras restantes. Terminado esto, cerré mi puño derecho levantando mi pulgar a la altura de mi pecho y sonreí a toda la audiencia a mi derecha.

Cientos de pares de ojos se habían abalanzado inmediatamente sobre mí, incluyendo uno de los líderes que dejaba sus papeles, se bajaba los lentes de lectura y levantaba la cabeza estirando su cuello tanto como era humanamente posible buscando de dónde había venido esa inesperada voz que acababa de romper con el silencio. Fue casi instantáneamente que noté varias risillas, luego algunos murmullos entre la audiencia y uno que otro dedo índice apuntar hacia mí. Además de ello otros líderes se acercaron unos a otros para decirse cosas entre si a voz baja.

El silencio volvió. Seguimos caminando en fila hacia los líderes. Ahora el silencio era fúnebre y penetrante, sólo ligeramente interrumpido por el reverente avanzar de los misioneros que caminábamos. Dentro de mi podía escuchar mi corazón. Con ello me pareció ver las cabezas de la audiencia siguiéndome de forma sincronizada. Yo seguía sonriendo y me decía a mí mismo, “no pares de sonreír, aguanta, mira a todos a los ojos y muestra seguridad” pero aún así podía sentir mi corazón latiendo a alta velocidad, mi frente estaba empapada de sudor y las orejas calientes. Más miradas, más silencio.

Seguimos en hilera un camino que me pareció muy largo frente a los líderes. Nos formamos a lo largo, yo esperaba una segunda hilera enfrente de mí para así poder esconderme de todos, pero no, la segunda fila de misioneros se puso detrás de la mía. Yo estaba justo a unos dos o tres pasos frente a los primeros de la audiencia. El silencio seguía y las miradas seguían siendo para mí.

Un hombre de avanzada edad se levantó y caminando lentamente haciendo resonar suavemente sus pasos, llega al piano, se escucha un pequeño rechinar del banco, se oye abrir el piano y finalmente el silencio se rompe con la introducción de la familiar melodía del himno llamados a servir. La introducción me pareció la versión extendida y recargada del himno ya que sentí que fue una eternidad seguir frente a la audiencia. Ya quería cantar e inmediatamente desaparecer para siempre.

Terminadas las largas notas musicales de la introducción del himno cantamos todos los misioneros. Canté y canté. Cada vez más con una sonrisa que sentía forzada. Ya no tenía noción de cuál era una sonrisa natural gracias a la vergüenza por la que estaba pasando. Mis músculos faciales parecían pedir un desesperado descanso. Pero yo me convencía a seguir cantando con mi digna sonrisa, entusiasmo y volumen. Cantamos las cuatro largas estrofas. “Prestos, todos prestos, cantaremos en unió-o-o-on”.

Mi boca la sentía seca. Sonreía tanto como podía. No me sorprendería si mis encías y muelas del juicio habrían estado completamente descubiertas y expuestas. Tal vez me parecería a algo así como el guasón. Finalmente terminamos el himno y el silencio solemne regresó nuevamente.

Caminamos rumbo a la salida mientras escuchaba un lejano y reverente “gracias, élderes”. “¡Apúrense a salir!” les dije a todos en mi mente, deseando que todos pudieran escuchar el clamor de mis pensamientos. Quería salir rápidamente. Quería desaparecer y librarme de todas esas miradas. Pero siendo yo de los primeros en entrar, sería de los últimos en salir. Los rostros de los jóvenes seguían viéndome, algunos con sonrisas más relajadas otras amigables y hasta me pareció ver a uno que me decía adiós con un gesto de aprobación y un saludo de lejos con su mano.

Seguí avanzando tratando de mostrar un paso seguro y sonriente. Avancé mirando hacia la puerta abierta que dejaba entrar los brillantes rayos del sol. La fila se hacía más lenta para salir. Por un instante también tuve que pararme a esperar a que avanzaran los misioneros frente a mí. Uno a uno los misioneros desaparecían detrás de la puerta en el resplandor del exterior. Bien podría haber pensado “camina hacia la luz”. Ah, El famoso túnel del que muchos dicen se ve al dejar esta vida. Esa sería mi manera de “morir”, quería que esa luz me tragara y con ello encontraría mi descanso y alivio.

Finalmente crucé la puerta hacia el exterior. Una vez afuera a plena luz del día ya éramos los mismos, el ruido y parloteo de todos regresó y todos los misioneros en sus compañerismos se dispersaron por diferentes partes hacia la salida de la escuela. Yo confundido le pregunté a alguien “¿por qué nadie cantó cuando entramos? ¿no se supone que íbamos a entrar cantando todos?” Y entonces alguien me dijo “No, élder. Es que cuando usted se fue a hablar con su amigo vino otra vez alguien a cambiar las instrucciones. Usted vio que ya no tuvimos tiempo ni de explicarle a usted porque entramos rápidamente”.

¡Qué vergüenza! Definitivamente uno de los momentos más embarazosos de mi vida. En realidad tengo muchos más pero me acordé de éste gracias a otro “fracaso” musical. Fue el domingo del Día de las Madres que acaba de pasar (10 de mayo de 2015). Un obispo de un barrio (congregación) anterior me llamó e invitó a cantar en su servicio de reuniones dedicado a las mamás. Me pidió que cantara un himno llamado Oh mi Padre (la letra habla de una madre celestial). Invité a dos personas a cantar conmigo pero con dos días de anticipación, sin música y sin mucha práctica sucedió que olvidé mi nota de tenor y el himno fue un desastre durante la presentación.

Terminé el himno sudando demasiado. Nos sentamos hasta atrás de toda la congregación, yo avergonzado y recordando experiencias similares como las que les acabo de contar de cuando era misionero.

Si quieres ver la letra o escuchar los himnos mencionados haz click en cualquiera de las opciones que te doy a continuación:

  1. Leer la letra de Oh mi Padre
  2. Descargar la música cantada de Oh mi Padre (archivo mp3 del sitio lds.org)
  3. Leer la letra de Llamados a servir
  4. Descargar la música cantada de Llamados a servir (archivo mp3 del sitio lds.org)

Y la moraleja, si eres un líder u organizador, planea las cosas con anticipación para evitar cambios a último momento. Y si te toca recibir instrucciones no dejes tu puesto por ningún motivo. Si te vas podrás encontrar las cosas muy diferentes que cuando las dejaste. O en todo caso, infórmate de cualquier cambio o si no, prepárate para cantar solo(a) 😉

En fin, ahora dime tú, ¿alguna vez te ha pasado algo similar? o ¿cuál ha sido una de tus experiencias más embarazosas? Puedes compartirla aquí en este blog para que todos la leamos en la sección de comentarios. Justo abajo. Me encantaría leer tu historia 🙂

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