El día que desaparecí

El día que desaparecí

Read-the-english-version-hereCada 30 de abril se celebra el Día del Niño en México. Y si estás en México, te tocará ver fiestas, promociones, actividades y muchas cosas más destinadas a los niños. El jueves pasado no fue la excepción. Con esa idea en mente me gustaría compartirles una experiencia de mi infancia. Así que aquí les va el día en que desaparecí.

Estaba en Hermosillo, Sonora, México. Tal vez tendría nueve años de edad y estaba en cuarto año de primaria. Era un día de escuela y uno de mis amigos llamado Aarón, nos había invitado a su casa a jugar videojuegos al salir de clases. ¡Oh, claro que sí! No tenían que decirme dos veces. Aarón, René, César, tal vez David y algunos dos o tres compañeros más del salón fuimos caminando a la casa de mi amigo que estaba a no más de 400 metros de la escuela.

Imagen de una antigua escuela que hoy es un vivero.

Mi escuela primaria en Hermosillo, Sonora, México. Se llamaba Rosario Paliza de Carpio No. 2. Hoy el edificio lo usa el gobierno para un vivero estatal. Sí ya sé, substituyeron a los niños por plantas. Pues creo que se les hizo más fácil cuidar plantas en vez de niños. Foto tomada con mi tableta.

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Llegamos a una casa grande. La sala y comedor estaban en la entrada. Vi a dos o tres mujeres adultas que estaban en la casa haciendo labores del hogar. Nos presentamos todos y una de ellas era la mamá de Aarón. Al dejar mi mochila en un rincón se nos pidió que nos laváramos las manos para comer antes de jugar. “Está bien, a comer” me dije a mí mismo. Quién sabe qué comí, la verdad es que mis ojos estaban constantemente mirando la sala en donde yacía un gran televisor y los controles de los videojuegos con varios cartuchos de juegos a un lado. Alguien tenía que asegurarse de que los videjuegos no se fueran a mover por sí solos y esconderse en algún lugar ¿no?

En un principio la mamá de Aarón nos pidió a todos que llamáramos a nuestras casas para avisar y pedir permiso. En mi caso, no recuerdo muy bien la situación, creo no me sabía el número telefónico de casa ni de nadie más. Así que le dije a la mamá de Aarón que no se preocupara, que todo estaría bien si yo no avisaba; después de todo mi mamá estaba fuera de la ciudad en ese momento y mi papá era una persona muy madura que no se alarmaría con el hecho de que yo llegara un poco más tarde de lo normal. Siendo él periodista y una persona muy preparada e inteligente, al ver que yo no llegara a casa bien podría él lógicamente asumir que yo estaría tranquilamente en casa de alguno de mis amigos disfrutando casualmente de mi importante etapa de la infancia. Obvio ¿no? Así que me dispuse a jugar inmediatamente después de comer.

¡Oh, qué divertido fue! Corrí a altas velocidades, destruía aliens, disparaba aquí y allá, y en sí disfrutaba del maravilloso mundo virtual que mi amigo Aarón ponía en su consola de juegos.

Todo estaba bien, exceptuado que en varias ocasiones una mujer, tal vez la tía o abuela de Aarón, insistía en que debía avisarle a mis padres o por lo menos hablarle a algún vecino o familiar o ir hasta mi casa a avisar y ya después regresar a continuar jugando. Me preguntaban que si tenía tíos o primos a quién llamar y muchas preguntas más. Puras insistencias. Yo trataba de tranquilizarla y decirle que serían unos minutos más y no habría problema. Los minutos pasaron y pasaron. Tal vez unas dos o tres horas después de mucha persistencia de aquella mujer y la mamá de Aarón, accedí a las peticiones y decidí caminar de regreso a la escuela y de ahí unos 800 metros más a casa para avisar y regresar a jugar.

Caminaba el largo recorrido pensando en lo divertido que me la había estado pasando. En mi mente ya estaba planeando mis próximas tácticas de juego para ganar. Así caminaba pero al llegar a una de las calles principales cercanas a mi casa vi el carro de mi papá con él al volante y Toñis, una de mis hermanas mayores en el asiento del pasajero. Fue con ella con quien primero crucé la mirada y ella con ojos muy abiertos repentinamente dio un salto al frente, extendió su brazo y me señaló diciendo algo así como “¡Ahí está, ahí está!”.

El auto se detuvo y Toñis muy preocupada y con lágrimas me abrió la puerta de atrás y me preguntó que en dónde estaba. Al parecer tenían tiempo buscándome, muy probablemente mi tío Gilberto y un empleado de mis padres me estarían buscando también. Ya habían llamado a varias personas preguntando si me habían visto. Y más aún mi papá y mi hermana ya iban de camino a la televisora local a poner un anuncio diciendo que me había perdido. Mi hermana Toñis realmente estaba muy preocupada, no recuerdo qué tanto decía pero entre tantas palabras agradecía al Creador.

Mi mamá que estaba fuera de la ciudad esa semana y no sabía nada del asunto llamaría esa noche para preguntar si yo estaba bien porque dijo que había tenido un sueño muy extraño la noche anterior. En su sueño dice que yo estaba más pequeño y que me quiso cargar en los brazos y que al hacerlo se me había caído la cabeza (sí ya sé, sonaría muy fatality de Mortal Kombat). Y si recuerdo bien creo que durante el día le habían inquietado varios pensamientos sobre eso.

Pues volviendo al encuentro con mi papá y hermana, justo antes de subirme al carro, al haber visto la reacción de Toñis yo ya me había preocupado y me había empezado a imaginar el preludio de un gran Apocalípsis, el gran juicio final y el rigor de un inmensurable castigo caer sobre mí. Oh dicho de manera menos dramática: “Game Over” para mí. Pero ¡Oh, sorpresa! no hubo ni un solo regaño. Mi papá parecía calmado, aún así podía ver en sus ojos por el retrovisor del auto y detrás del vidrio de esos lentes medio obscuros que había un gran gusto de verme también.

Mi papá continuó manejando. Ya íbamos de regreso a casa. Desde el momento que me había subido al auto me preguntó con voz casual y tranquila que en dónde había estado. Le dije que había estado jugando videojuegos en casa de un amigo y que yo había regresado para pedirle permiso para continuar jugando.

Recuerdo todavía que detrás de una aparente cara seria y detrás del bigote medianamente espeso de mi papá, también había una chispa ligeramente sonriente y de alivio. Hoy no puedo recordar las palabras que me dijo, pero sí lo recuerdo describiéndome la situación que había causado mi ausencia. Incluso me hizo algunas preguntas reflexivas para asegurarse de que estaba entendiendo el panorama de las cosas. También recuerdo que hasta me hizo pensar en el tiempo de mis actividades en el día y cómo lo usaba para poder cumplir con mis tareas. Con una mirada repartida al frente del camino, hacia los lados, al retrovisor hacia mí y hacia los carros detrás, había una expresión ya más meditabunda, reflexiva y con voz calmada. Fue ahí mismo que me preguntó si debía regresar a jugar videojuegos esa misma tarde.

La forma en que manejó toda la situación me sorprende hasta este día. No sé cómo lo hizo pero creo que lo que hizo fue sin el más mínimo ápice de hacerme sentir culpable, triste, enojado o algo por el estilo, sino más bien que estuviera consciente, que en mi mente hubiera verdadero entendimiento. Lo hizo muy pero muy cuidadosamente, casi casi con “pincitas”. Abrió mi mente y me sacó del modo de videojuegos y me trajo de nuevo a la vida real de una manera cuidadora y con cierta elegancia. Así que después de la breve plática y cuando me hizo esa pregunta de que si debía regresar a jugar videojuegos yo le dije que no debía, pero extrañamente se lo dije por convicción y deseo propios, tal vez con una mezcla de querer ser mejor, ayudar a mi papá y al mismo tiempo pensando en que ya sería muy tarde para mí para ir a jugar, regresar y hacer mis tareas.

Si quieres saber qué clase de persona era mi papá, puedes leer Obituario a Jesús Rosas Núñez (papá).

La noche anterior a ese día de mi “desaparición” le había escrito a mi papá una breve nota. La nota era algo simple y trivial pero terminaba con una frase como de un siempre te querré o algo así, pero después de leerla y ver que no llegaba, mi papá me dijo después que mi nota parecía tener un tono de despedida. Alguna vez me llegué a preguntar cuánto habría influido esa nota para que mi papá haya manejado la situación como lo hizo en esa ocasión.

Hay mucho que puedo aprender de esta experiencia y entre tantas podría mencionar las siguientes:

  1. Mis padres verdaderamente se preocupaban por mí.
  2. Mi hermana Toñis me quería (bueno, dice que todavía 🙂 )
  3. A veces no recordamos las palabras exactas que se dicen, pero sí recordamos el cómo se dicen y eso puede dejar un impacto muy profundo que no se siempre se va con el paso de los años.
  4. Explicarle a un niño las cosas puede ser mucho más benéfico que simplemente decir sí o no. Cuando un niño entiende las razones puede actuar por convicción en vez de coerción. Podrá tomar más tiempo y requerirá más esfuerzo y mucha paciencia por parte de los padres pero la inversión podría ser una de las mejores que un padre podría hacer.
  5. Muchas personas, en especial muchas madres, de alguna manera pueden percibir y sentir cosas sobre sus hijos o seres queridos a pesar de las distancias. Ese es un tema muy interesante.
  6. Si eres un menor de edad, en especial un niño, avisa en casa cuando salgas a la calle.
  7. Si eres un adulto y recibes visitas de niños, asegúrate que sus familiares sepan que están contigo.
  8. Si eres un padre o una madre conoce a los amigos de tus hijos y trata de tener sus números de teléfono por cualquier cosa. A veces son ellos los primeros en saber en dónde podría estar tu hijo o hija.
  9. Una fiesta de videojuegos en casa podría ser muy divertido para los niños si se planea bien. Una buena opción para tener a los niños en casa y conocer las amistades de tu hijo o hija. Claro, también tienes que ver qué tipo de videojuegos son apropiados para sus edades. Recuerda que los videojuegos también tienen clasificaciones así como las películas y los programas de televisión.
  10. Hoy en día hay niños con celular, algunos padres están a favor y otros en contra de eso. Pero independientemente de que si estás a favor o no, considera mandar a tus hijos a la calle siempre con números de teléfonos importantes para en caso de emergencia no sólo en el celular sino en un documento físico que podría ser un papel, una tarjeta de presentación, o incluso como los militares en una lámina metálica con una cadena en forma de collar.

Pues bien, ésta es mi experiencia de niño desaparecido. ¿Tú que opinas? ¿alguna vez te perdiste en tu infancia? ¿qué sucedió? o ¿alguna vez se te ha perdido tu hijo o hija? ¿qué soluciones propones para evitar esos casos? Comparte tu opinión en la sección de comentarios aquí abajo.

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  • zaira

    Excelente lectura, la experiencia y la enseñanza recibida. Tambien me “perdi” alguna vez, me fui a los columpios saliendo de la escuela, la reaccion de mi madre fue muy distinta pero ha dejado huella en mi y ahora soy lo que soy gracias a mis padres, sus enseñanzas y preocupacion. Saludos desde Puebla

    • Gracias, Zaira. Deberías escribir esa experiencia, incluso podrías compartir esa y muchas más en un blog personal. Uno aprende bastante de uno mismo y nuestros padres. Un saludo.