Durmiendo en el panteón

Con motivo del próximo Día de Muertos que se aproxima comparto algunas fotos y cómo lo viví el año pasado cuando tuve el gusto de ir con dos de mis hermanas y un buen amigo de la familia a Janitzio, Michoacán para celebrar precisamente el Día de Muertos. Llegamos a Pátzcuaro la primer noche de noviembre. Lo primero que hicimos fue buscar un restaurante y cenar antes de cruzar el lago hacia la isla de Janitzio. Una vez cenado nos subimos en una lancha con unas 15 o 20 personas que nos llevó por las obscuras aguas hasta la iluminada isla que ya desde lejos nos daba la bienvenida con la fama de sus historias tradicionales, ritos y costumbres. Subimos por sus estrechas calles llenas de luces, vendimias, voces, aromas y colores. Cada puerta, pared y rincón eran razón para explorar y curiosear entre sus comidas, juguetes, ropas, flores, joyas y otros recuerdos y objetos tradicionales.

La subida nos llevó hasta la cima de la montaña que se coronaba con una monumental estatua de Morelos extendiendo hacia arriba su puño cerrado en rigurosa orden de lucha y victoria. Al pie del monumento la danza de los viejitos con su respectiva audiencia y un mirador que por lo obscuro de la noche apenas y se podían ver las fantasmagóricamente iluminadas barcas llegar al embarcadero de los alrededores del lago.

Cerca de las doce de la noche nos encaminamos hacia el pequeño cementerio de la isla en donde cientos de turistas mexicanos y extranjeros ya aguardaban poder entrar. Las puertas se abrieron una hora más tarde y entre empujones, gritos y ansiedades la gente pudo entrar y llenar literalmente todo espacio libre del panteón que no estuviese señalado con la piedra de una tumba. El panteón estaba iluminado con numerosas velas, decorado con altares fervorosos, el imprescindible amarillo de sus flores de cempaxúchitl y los rostros devotos de aquellos que perdieron a un ser querido. Aquellos sentados junto a las tumbas de los ya fallecidos se cubrían en cobijas ante el frío sin poder encender fogata. Algunos rezaban, otros dormían y otros comían.

Una hora más tarde, las multitudes empezaron a disminuir y entre los que partieron estaban mis hermanas y amigo que pasarían la noche en Morelia. Yo preferí quedarme en el panteón y pasar ahí la noche. Conocí a un par de extranjeros fotógrafos que también optarían por lo mismo; nos separamos y yo vencido por el sueño tomé una siesta de dos horas.

Al despertar, ya no se escuchaban voces sino susurros ocasionales y apagados; sólo se veían los bultos de los quedados a un lado de las tumbas de los que ya habían partido. La gran mayoría dormía en vida o muerte según el caso. El frío me impedía querer moverme. Pensaba en lo curioso de estar en un panteón y recordaba los años en la secundaria cuando en mi diario camino de regreso hacia la casa por las noches me era más corto atravesar el panteón de la colonia; la diferencia era que no había velas, no había gente ni murmullos, sólo silencio y mis propios pasos tocando los adoquines agrietados de la vereda principal apenas iluminada con escasos faroles de luces tenues.

En la rutina de mi camino se podían escuchar ruidos ocasionales entre las tumbas; siempre escéptico me decía “algún gato, rata o insecto”, “debe ser el viento o esos ruidos nocturnos que son parte de lo normal”. Siempre pensando que todo tiene una explicación pero sin admitir un temor a lo desconocido concluía no darme el tiempo de averiguarlo exceptuando un día que decidí detenerme y romper mi regla de no voltear a los lados. Me detuve y voltee hacia mi derecha, tomé una pausa tratando de ajustar mi visión entre la obscuridad y notar el contorno de las criptas y tumbas. Unos minutos volví a romper otra de mis reglas y salir de la vereda alumbrada, poniendo un pie en la ininteligible y lóbrega superficie, unos cuantos pasos más y mi imaginación ya volaba como cientos de murciélagos inquietos aleteando sin ton ni son hacia todas direcciones, como siempre casi imposibles de observar en pleno vuelo. Voltee hacia atrás y noté que en caso de peligro me sería muy difícil correr hacia la vereda principal sin el riesgo de tropezarme con alguna de las estelas funerarias, floreros y/o monumentos, el hecho de no poder correr me llenó de nerviosismo que concluyó con el imperante deseo de querer correr, caminé rápido y creo que fue ahí cuando antes de llegar a la vereda principal me golpee el fémur con algo, nada grave, pero nada agradable.

En otra ocasión cual fue mi extraña sorpresa que después de cruzar casi todo el enorme panteón por ese andador central y haber llegado a la entrada principal me doy cuenta de que estaba cerrada. Pero eso no sería un reto, podría escalar el portón y brincarlo el problema era que de manera muy inusual había por lo menos seis perros echados en la entrada y todos levantando sus cabezas hacia mi dirección tratando de decidir qué “pensar” acerca de mí, o peor aún, qué hacer conmigo. Uno de ellos se levantó y empezó a caminar hacia a mí con un ligero gruñido. Correr no sería la solución y regresar… no tenía grandes deseos de hacerlo, eso significaría caminar el doble, así que de manera muy serena bajé mi ritmo de andar hasta detenerme, los caninos parecían estar más interesados en seguir echados que en perseguirme, excepto aquél que ya gruñía y empezó a ladrar hacia el cielo de manera desganada. Parecía un perro flojo, sus ladridos eran pausados, y volteaba a hacia otro lado para ladrarme. Eso me dio confianza e hice uso de mis facultades comunicativas tratando de entablar algún tipo de saludo aceptable para el “guardian” de la puerta. Después de algunos sonidos y chiflidos el perro movió la cola. De manera muy cautelosa continué el camino hacia el portón entre los perros, el portón no tenía candado, salí y entonces aceleré la marcha de regreso a casa.

Así pues volviendo a mi experiencia en Janitzio, me di cuenta que esa última visita a un panteón no habría de ser la única memorable. Me levanté y recorrí algunas calles más. De regreso abordé una barca que por la densa niebla nuestro conductor se perdió por unos minutos. Mis hermanas y amigo también habían tenido la misma experiencia en su regreso, pero ellos estuvieron perdidos por mucho más tiempo.  Al final regresé a tierra firme llevándome conmigo una de mis mejores experiencias en relación a viajes. Pátzcuaro y Janitzio son lugares mágicos, pueblos como salidos de un cuento de hadas, enigmáticos, nostálgicos, pintorescos, escondidos y misteriosos. Volveré porque más que nada algo de su magia me ha hechizado con el encanto de los recuerdos y la mezcla de un lugar fantástico y su propia realidad.

Las siguientes son algunas fotos que tomé. Para verlas hay que hacer click sobre ellas. Una vez ampliada la imagen se puede navegar con las teclas de flecha (tal como en Facebook). Si quieres salir presiona ESC o haz click de nueva cuenta sobre la imagen. Si te gustó esta entrada haz click en me gusta en la parte de abajo.

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  • Eve Silva

    Fue un verdadero placer el poder compartir una tradición como ésta con ustedes! Mágico, enigmático y lleno de riqueza cultural!!